Una crisis internacional puede ser considerada como un momento de extrema tensión del sistema internacional durante la cual los responsables deben tomar rápidamente una decisión. Qatar enfrenta esta situación desde el anuncio de la ruptura de las relaciones diplomáticas el 5 de Junio por Arabia Saudita y sus aliados (Los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Yemen y Egipto). Esta decisión radical puede sorprender desde los países con los cuales Doha comparte una sede en el seno del Consejo de Cooperación del Golfo, desde 1981.  El argumento oficial es el apoyo acordado por Qatar a grupos terroristas y a Irán. La realidad es otra. Este país ha intentado durante varios años llevar una agenda diplomática diferente a la de Arabia Saudita en ciertos temas. Lo que es inaceptable ante los ojos de éstos últimos.

 

No obstante, Qatar no puede tener la misma posición que Arabia Saudita respecto a Irán, ya que Doha y Teherán tienen intereses económicos ligados a un enorme territorio gasero, North Field, que explotan en conjunto y que se extiende sobre sus aguas territoriales. Además, Riyad y el omnipresente ministro de la Defensa e hijo del rey Mohamed Ben Salmane parecen blindados por el apoyo incondicional de Donald Trump después de su visita a finales de Mayo. Ésta crisis tiene en realidad causas mucho más significativas que se remontan a las “primaveras árabes”. Desde 2011, Qatar ha aumentado su influencia en el Medio Oriente y en el Magreb apoyando los partidos originados por los Hermanos Musulmanes, que la monarquía saudita aborrece.Egipto ha sido el revelador de las divergencias que existen entre los dos vecinos, porque Doha ha dado un apoyo infalible al presidente Mohamed Morsi, elegido democráticamente; a pesar del golpe de Estado del General Sissi en 2013, ampliamente apoyado por Riyad y Abu Dabi. La primera crisis de seriedad tuvo lugar en 2014, cuando los Sudís pidieron a las monarquías del Golfo retirar a sus embajadores de Qatar. Ésta duró ocho meses y bajo las mismas circunstancias: el apoyo de Doha a las fraternidades musulmanas y a Irán. Riyad quería mostrar su liderazgo de cara a las “revoluciones” en desarrollo en la región, y al incremento de poder de Irán. Actualmente, la región, contrariamente a la voluntad saudí, no está dividida en dos sino en tres bloques. El primero está dirigido por Irán. Tiene como aliados a Iraq y a Siria, pero también a actores no estatales como las milicias chiitas iraquíes, el Hezbollah libanés y los Houthis en Yemen. El segundo bloque está dirigido por la Arabia Saudita. Sus aliados son los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Jordania y Egipto.

 

El tercer y último bloque está dirigido por Turquía con Qatar y los diferentes partidos que emanaron de los Hermanos Musulmanes establecidos en diferentes países de la región. El riesgo para los Saoud es de haber alterado la estabilidad regional, cuando su prioridad era la de hacer frente al aumento de poder de Irán a nivel político y económico. Turquía está claramente del lado de los qatarís y parece querer jugar el rol de mediador en ésta crisis, luego de que el Jefe de la Diplomacia iraní Javad Zarif estuvo en Ankara con el presidente Erdogan el 7 de Junio; dos decisiones que van en contra de la decisión dirigida desde Riyad, ya han sido tomadas por otros dos líderes de la región. El parlamento turco votó por el despliegue de 3,000 hombres a una base en Qatar (proyecto que data desde 2014) e Irán, a través de sus Guardianes de la revolución; ha acusado a Arabia Saudita de ser responsable de los ataques contra el parlamento y el mausoleo del ayatolá Khomeini que resultó en doce muertes. Arabia Saudita puede ejercer una fuerte presión sobre el pequeño emirato pero no puedo imponer su punto de vista en Ankara y Teherán. Sus exigencias reales son el cierre de la cadena Al-Jazeera, el cese del financiamiento de numerosos periódicos (Al-Araby al-Jadid, Al-Quds al-Arabi y la edición árabe del Huffington Post), así como detener el apoyo y el asilo de Hamas y de las fraternidades musulmanes (como el célebre Youssef Al Qaradawi). Erdogan no puede permitirse perder su último aliado regional, y se hará escuchar con peso en las futuras negociaciones buscando una salida de la crisis al término del Ramadán. 

 

Los Estados Unidos están en una situación embarazosa porque la decisión Saudí parece íntimamente ligada al discurso de Donald Trump en Riyad. El problema es que éste último se felicita por tal situación; el Pentágono ha sido más prudente ya que Al-Udeid, en Qatar, es la base militar de fuerzas aéreas en el Golfo y alberga a 10,000 hombres. Rusia y los europeos esperan que las tensiones se minimizan rápidamente entre Riyad y Doha. Finalmente, es notable que los textos de Allison y sus tres modelos[1] (el actor racional unificado, el proceso organizacional y la política gubernamental) son aún de actualidad.Éstos permiten tomar en cuenta las « racionalidades múltiples »[2], como lo ha escrito Lucien Sfez, ligado a la toma de decisiones. En retrospectiva, podemos cuestionarnos sobre las luchas internas en el seno de la familia real Saudí respecto a la sucesión de Selmane y podríamos considerar la impulsividad de las decisiones tomadas en el plano diplomático (la guerra en Yemen y la crisis con Qatar) como la demostración de la voluntad de Mohamed Ben Salmane de imponerse y de colocarse al centro del proceso decisional. Pero esto podría voltearse contra su país. 

 

Dr. Mohamed Badine EL YATTIOUI

Profesor Investigador de Tiempo Completo de la

Universidad de las Américas Puebla



[1] Graham T. Allison avec Zelikow, Phillip, Essence of Decision: Explaining the Cuban Missile Crisis, 2e ed., 1999, Longman

[2] Lucien Sfez, Critique de la Communication, Le Seuil, 3e édition 1992, Paris, 1988